Riego de plantas de interior: cuándo, cuánto y cómo regar
El arte de cuidar las plantas de interior es un viaje fascinante, un diálogo silencioso que se establece entre nosotros y la naturaleza que llevamos a nuestros hogares. Entre todos los aspectos del cuidado, el riego destaca como el más crucial y, al mismo tiempo, el más incomprendido. A menudo, el exceso o la falta de agua son las causas principales del deterioro de nuestras queridas compañeras verdes. No se trata solo de echar agua, sino de comprender un ecosistema en miniatura, las necesidades específicas de cada especie y las señales que nos envían. Esta guía completa se propone transformar el riego de las plantas, de una incógnita a una práctica consciente y gratificante. Aprenderemos a leer las necesidades de nuestras plantas, a interpretar la humedad de la tierra y a establecer un régimen de riego perfecto que les garantizará una vida larga y frondosa, ofreciéndonos un auténtico pulgar verde.
Leer las señales de sed
Una planta tiene sed cuando las hojas parecen marchitas y lacias, cuando las hojas más viejas de la base amarillean y caen, cuando las puntas y los bordes se vuelven marrones y secos o cuando la tierra se compacta y se separa de los bordes de la maceta. Un color apagado y las hojas rizadas también son señales de estrés hídrico.
Nuestras plantas de interior son organismos vivos que comunican constantemente sus necesidades, y la sed es uno de los mensajes más comunes. Aprender a descifrar estas señales es el primer paso para desarrollar un verdadero don para la jardinería. A menudo, se tiende a regar siguiendo un calendario rígido, pero cada planta, en cada entorno específico, tiene necesidades diferentes. Observar atentamente es fundamental. Uno de los signos más evidentes de falta de agua son las hojas marchitas o lacias. Esto ocurre porque las células vegetales, al carecer de agua, pierden su turgencia, es decir, la presión interna que las mantiene rígidas. Las hojas parecen blandas, caídas, casi «vacías». Es un claro grito de auxilio que requiere una intervención oportuna, pero no excesiva, para permitir que la planta se recupere gradualmente.
Otro indicador importante es el amarilleamiento de las hojas, especialmente las más viejas y situadas en la base de la planta. Si estas hojas amarillean y caen, la planta está sacrificando las partes menos esenciales para conservar el agua y la energía para las más jóvenes y vitales. Este es un mecanismo de supervivencia. Es importante distinguir este síntoma del amarilleamiento causado por un exceso de agua, que normalmente se manifiesta con hojas blandas y oscuras. Las puntas y los bordes de las hojas que se vuelven marrones y secos también son un signo inequívoco de estrés hídrico prolongado, especialmente en ambientes con baja humedad. La planta intenta reducir la superficie de transpiración para minimizar la pérdida de agua. En algunos casos, la propia tierra puede parecer compactada y separada de los bordes de la maceta, una señal de que se ha secado demasiado y durante mucho tiempo. Nuestra experiencia nos ha demostrado que una inspección visual y táctil regular de la tierra y las hojas puede prevenir la mayoría de los problemas relacionados con el riego, haciendo que el cuidado de las plantas sea mucho más intuitivo.
El color de las hojas también puede dar indicaciones. Una planta deshidratada puede presentar un color menos brillante, casi apagado, en comparación con su verde vibrante habitual. Esto se debe a la falta de turgencia, que influye en el reflejo de la luz. Algunas plantas, como la Monstera (Monstera deliciosa), también pueden enrollar las hojas hacia dentro para reducir la exposición y la transpiración. Es un mecanismo de defensa inteligente. Recordemos que cada especie tiene sus particularidades: una orquídea, por ejemplo, mostrará raíces grisáceas y arrugadas cuando tenga sed, mientras que una suculenta se verá menos turgente al tacto. La clave está en conocer las características específicas de la planta y observarla constantemente. Aprender a reconocer estas señales tempranas nos permite intervenir antes de que el estrés hídrico se agrave, garantizando a nuestras plantas un entorno óptimo para su crecimiento y floración. Este enfoque proactivo es esencial para tener éxito en la jardinería y mantener sanas las plantas de interior.
La prueba del dedo
La prueba del dedo consiste en introducir el dedo índice en la tierra unos 2-3 centímetros, hasta la primera falange: si a esa profundidad la tierra está seca, es el momento de regar; si todavía está húmeda, conviene esperar. En las plantas más grandes se llega a mayor profundidad, mientras que, en el caso de las suculentas y los cactus, la tierra debe estar completamente seca.
Después de aprender a leer las señales visuales de nuestras plantas, el siguiente paso es dominar la técnica más fiable para evaluar la humedad del suelo: la prueba del dedo. Este método, sencillo pero extremadamente eficaz, nos permite entender exactamente qué está ocurriendo bajo la superficie del sustrato, donde las raíces absorben el agua. Olvídate de las reglas generales que sugieren regar cada X días; la frecuencia ideal varía enormemente según factores como la especie de la planta, el tamaño de la maceta, el tipo de sustrato, la temperatura, la humedad ambiental e incluso la estación. La prueba del dedo elimina las conjeturas y proporciona una respuesta concreta y específica para cada planta, cada vez.
Para realizarla correctamente, basta con introducir el dedo índice en la tierra unos 2-3 centímetros, o hasta la primera falange. Si la tierra se siente seca a esa profundidad, generalmente es el momento de regar. Si, en cambio, aún percibes humedad, es mejor esperar. Para plantas más grandes o con necesidades hídricas particulares, como algunas variedades de helechos o la Monstera, puede ser necesario profundizar la prueba, introduciendo el dedo hasta la segunda falange o incluso más, para asegurarse de que las capas más profundas del sustrato también se hayan secado lo suficiente. Hemos observado que, en el caso de las suculentas y los cactus, la tierra debe estar completamente seca antes de volver a regar abundantemente.
La importancia de esta prueba reside en su capacidad para prevenir el error de riego más común: el exceso de agua. Una tierra constantemente húmeda priva a las raíces del oxígeno necesario, lo que provoca la pudrición radicular, una condición a menudo fatal. La prueba del dedo nos ayuda a encontrar el equilibrio adecuado, asegurando que el sustrato se seque parcialmente entre un riego y otro y permitiendo que las raíces «respiren». Además del dedo, existen instrumentos como los higrómetros para suelo, que pueden proporcionar una lectura numérica de la humedad, pero para muchos expertos la sensibilidad del tacto humano sigue siendo insuperable. La práctica hace al maestro: con el tiempo, aprenderás a interpretar cada vez mejor las sensaciones de la tierra, desarrollando una conexión más profunda con tus plantas de interior y perfeccionando tus habilidades de jardinería.
Cuándo y cuánto regar
Riega cuando la prueba del dedo indique que la tierra está seca, preferiblemente a primera hora de la mañana y evitando la noche. La cantidad adecuada es un riego abundante, hasta que el agua salga por los orificios de drenaje; después, vacía el plato. Es mejor regar en profundidad y con menos frecuencia, espaciando aún más los riegos en otoño e invierno, cuando el crecimiento se ralentiza.
Determinar «cuándo» y «cuánto» regar es el eje de un riego eficaz y la clave para la salud de nuestras plantas. No existe una fórmula universal, sino un conjunto de principios y observaciones que, combinados, nos guían hacia la decisión correcta. El «cuándo» está estrechamente relacionado con la prueba del dedo y las señales de la planta, pero también depende de factores ambientales. En general, es recomendable regar a primera hora de la mañana. Esto permite que la planta absorba el agua durante las horas más cálidas del día, cuando la transpiración es mayor, y permite que el suelo se seque parcialmente antes de la noche, reduciendo el riesgo de encharcamientos y enfermedades fúngicas. Evitar el riego por la noche, especialmente en ambientes poco ventilados, es una de las mejores prácticas para prevenir problemas.
La «cantidad» es igualmente crucial. El objetivo es regar abundantemente, pero sin excederse. Esto significa proporcionar agua hasta que empiece a salir por los orificios de drenaje de la maceta. Esta práctica garantiza que todo el sistema radicular reciba hidratación y que las sales minerales sobrantes se eliminen del sustrato. Una vez que el agua haya drenado por completo, es fundamental vaciar el plato. Dejar la planta sumergida en agua estancada es una de las principales causas de la pudrición radicular y la asfixia de las raíces. Para la mayoría de las plantas de interior, es preferible un riego profundo y menos frecuente a pequeñas cantidades de agua administradas con frecuencia, que tienden a hidratar solo las capas superficiales del suelo y dejan sedientas las raíces profundas.
La frecuencia de riego varía significativamente. Las plantas suculentas y los cactus, por ejemplo, requieren un riego mucho menos frecuente que las plantas tropicales como la Monstera o los helechos, que prefieren un suelo constantemente húmedo, pero no encharcado. Durante los meses más cálidos y luminosos, las plantas crecen activamente y consumen más agua, por lo que aumentará la frecuencia de riego. Por el contrario, en otoño e invierno, cuando el crecimiento se ralentiza y la luz es menos intensa, las necesidades de agua disminuyen drásticamente. Es importante adaptar la cantidad y la frecuencia a las condiciones específicas de tu hogar y de tu planta. Nuestra experiencia demuestra que una observación atenta y un enfoque flexible son mucho más eficaces que cualquier programa rígido, y permiten obtener excelentes resultados en el cuidado de las plantas y la gestión del agua.
Calidad del agua: importancia
La mejor agua para las plantas de interior es la de lluvia, sin cloro; como alternativa, también sirven el agua del grifo dejada reposar al menos 24 horas o filtrada, así como el agua destilada o desmineralizada, incorporando fertilizantes. Siempre debe estar a temperatura ambiente, porque el agua demasiado fría provoca un choque térmico en las raíces.
A menudo subestimada, la calidad del agua que utilizamos para nuestras plantas de interior desempeña un papel fundamental en su salud y vitalidad. No toda el agua es igual y la que para nosotros es perfectamente potable podría no ser ideal para las delicadas raíces de nuestras amigas verdes. El agua del grifo, por ejemplo, suele contener cloro, flúor y sales minerales (calcio y magnesio) que contribuyen a su "dureza". El cloro y el flúor pueden ser tóxicos para algunas plantas sensibles, causando quemaduras en las puntas de las hojas o un deterioro general. Las sales minerales, en cambio, tienden a acumularse en la tierra con el tiempo, formando una costra blanca en la superficie o en los bordes de la maceta. Esta acumulación puede alterar el pH del sustrato, dificultando que las raíces absorban los nutrientes esenciales.
Para mitigar los efectos negativos del agua del grifo, un consejo práctico es dejarla reposar en una regadera abierta durante al menos 24 horas antes de usarla. Esto permite que el cloro se evapore. En cuanto a las sales minerales, el uso de un filtro de agua puede ayudar a reducir su concentración. Como alternativa, el agua de lluvia se considera la mejor opción para la mayoría de las plantas, ya que carece de cloro de forma natural y es rica en nutrientes suaves. Si no se dispone de agua de lluvia, el agua destilada o desmineralizada puede ser una buena alternativa, aunque carece de minerales y podría requerir la incorporación de fertilizantes. Nuestra experiencia nos ha enseñado que el agua a temperatura ambiente siempre es preferible. El agua demasiado fría puede causar un choque térmico en las raíces, ralentizando la absorción y estresando la planta.
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es el pH del agua. La mayoría de las plantas de interior prospera en un sustrato ligeramente ácido o neutro (pH 6.0-7.0). Un agua demasiado alcalina puede elevar el pH del sustrato y hacer que algunos nutrientes no estén disponibles para la planta. Si se sospecha que existe un problema de pH, hay kits de prueba específicos para el agua y el sustrato. En algunos casos, añadir una pequeña cantidad de vinagre de manzana o zumo de limón al agua puede ayudar a reducir el pH, pero es una práctica que debe realizarse con precaución y solo si se está seguro de que existe un problema. En resumen, prestar atención a la calidad del agua es una inversión mínima que puede aportar beneficios significativos para la salud y la longevidad de nuestras plantas. Es un detalle que distingue a un simple «regador» de un verdadero experto en jardinería y cuidado de las plantas.
Técnicas de riego comparadas
Las principales técnicas son el riego desde arriba, sencillo y útil para eliminar las sales por lavado; el riego por inmersión desde abajo, ideal para las plantas a las que no les gusta tener las hojas mojadas o cuyo sustrato está compactado; la nebulización, que complementa el riego, pero no lo sustituye; y los sistemas de goteo o de autoriego, para plantas grandes o cuando hay ausencias frecuentes.
Existen diversas técnicas de riego, cada una con sus ventajas y adecuada para situaciones específicas o tipos de plantas determinados. Conocer estos métodos nos permite elegir el enfoque más apropiado, garantizando una hidratación óptima y previniendo los problemas más comunes relacionados con el agua. La técnica más extendida es el riego desde arriba, en el que se vierte el agua directamente sobre la superficie del sustrato. Este método es sencillo y permite eliminar por lavado posibles acumulaciones de sales minerales de la superficie. Es fundamental asegurarse de que el agua se distribuya uniformemente y penetre en profundidad, saliendo por los orificios de drenaje. Para evitar compactar demasiado el sustrato o dañar las hojas, se recomienda utilizar una regadera con una boquilla fina y larga.
Una alternativa muy eficaz es el riego por inmersión o desde abajo. Esta técnica consiste en colocar la maceta de la planta en un recipiente más grande lleno de agua, dejando que el sustrato absorba el agua de abajo hacia arriba a través de los orificios de drenaje. Este método es especialmente útil para las plantas a las que no les gusta tener las hojas mojadas, como las violetas africanas (Saintpaulia ionantha), o para aquellas con un sustrato muy compactado al que le cuesta absorber el agua desde arriba. La inmersión garantiza una hidratación profunda y uniforme, y anima a las raíces a crecer hacia abajo. Una vez que la superficie del sustrato parece húmeda, hay que retirar la planta del baño de agua y dejarla escurrir por completo antes de volver a colocarla en su plato. Este proceso suele requerir entre 15-30 minutos, según el tamaño de la maceta y el tipo de sustrato.
Para las plantas que prefieren una humedad elevada, como los helechos o algunas orquídeas, la nebulización de las hojas puede complementar el riego tradicional. Esto no sustituye al riego, pero ayuda a crear un microclima más húmedo alrededor de la planta, especialmente en interiores secos debido a la calefacción o al aire acondicionado. Es importante utilizar agua destilada o de lluvia para la nebulización, con el fin de evitar manchas de cal en las hojas. Otra técnica, menos común para las plantas de interior pero útil para las de gran tamaño o para quienes se ausentan a menudo, es el uso de sistemas de riego por goteo o de autorriego, que liberan agua de forma lenta y constante. Independientemente de la técnica elegida, la clave es observar y adaptarse. Nuestra guía para lograr una mano verde perfecta subraya siempre la importancia de comprender las necesidades individuales de cada planta y de no tener miedo de experimentar para encontrar el mejor método para cada una, garantizando un riego óptimo.
Errores comunes y remedios
Los errores más comunes son el exceso de agua, que provoca la pudrición radicular y se corrige espaciando los riegos o trasplantando, la falta de agua, que se resuelve con un riego abundante o un baño por inmersión, y el riego superficial, que debe sustituirse por riegos profundos. También deben evitarse el agua fría y las macetas sin orificios de drenaje.
Incluso los jardineros más experimentados pueden cometer errores y, en el ámbito del riego, estos pueden tener consecuencias significativas. Reconocer y corregir los errores comunes es fundamental para mantener nuestras plantas sanas. El error más extendido y perjudicial es el exceso de agua. Paradójicamente, muchas personas creen que "aman demasiado" a sus plantas al regarlas con frecuencia, pero este exceso de cariño puede asfixiarlas. Un suelo constantemente empapado priva a las raíces de oxígeno, lo que provoca la pudrición radicular, una afección a menudo irreversible. Los síntomas incluyen hojas amarillentas y blandas, que se caen fácilmente, y un olor desagradable procedente del suelo. El remedio consiste en reducir drásticamente la frecuencia de riego, asegurándose de que el suelo se seque bien entre un riego y otro y, en los casos graves, trasplantar la planta a un sustrato fresco y con buen drenaje después de retirar las raíces podridas.
En el extremo opuesto, la falta de agua es otro error común. Aunque para la mayoría de las plantas es menos letal que el exceso de agua, un estrés hídrico prolongado puede debilitarlas y hacerlas más susceptibles a enfermedades y plagas. Las señales son hojas marchitas y secas, bordes marrones y crecimiento raquítico. El remedio es sencillo: regar abundantemente, como se describe en la sección anterior, hasta que el agua salga por los orificios de drenaje. Para las plantas muy deshidratadas, un baño por inmersión puede ser una forma eficaz de rehidratar el sustrato de manera uniforme. Es crucial no excederse con el agua después de un período de sequía, para no pasar de un extremo al otro y causar un shock a la planta.
Un tercer error es el riego superficial. Verter pequeñas cantidades de agua que solo mojan los primeros centímetros de tierra hace que las raíces permanezcan en la superficie, lo que vuelve a la planta menos estable y más vulnerable a la sequía. Las raíces profundas no reciben el agua necesaria. La solución es siempre un riego profundo y abundante. Otros errores incluyen usar agua fría, que provoca un choque térmico, o la ausencia de orificios de drenaje en la maceta, que condena a la planta al encharcamiento. Nuestra guía subraya que la observación atenta, el conocimiento de las necesidades específicas de cada planta y la adopción de buenas prácticas de riego son la mejor defensa contra estos problemas. Con un poco de práctica y atención, es posible evitar la mayoría de los errores comunes y disfrutar de plantas de interior exuberantes.
Riego: estaciones y clima
En primavera y verano las plantas crecen, transpiran más y deben regarse con mayor frecuencia; en otoño e invierno ralentizan su crecimiento y hay que reducir la frecuencia, dejando que la tierra se seque casi por completo entre un riego y otro. La calefacción y el aire acondicionado, que resecan el aire, así como la ubicación de la planta en casa, también cambian sus necesidades de agua.
El entorno en el que viven nuestras plantas de interior no es estático; cambia con las estaciones y las condiciones climáticas de nuestro hogar. Adaptar las prácticas de riego a estos cambios es esencial para el bienestar de las plantas y para desarrollar una verdadera mano verde. Durante la primavera y el verano, la mayoría de las plantas de interior entra en su fase de crecimiento activo. Los días son más largos, la luz es más intensa y las temperaturas son más altas. Esto significa que las plantas transpiran más y tienen una mayor necesidad de agua. Durante este período, probablemente sea necesario regar con más frecuencia, vigilando atentamente la tierra con la prueba del dedo. También es el momento ideal para fertilizar, ya que la planta puede absorber y utilizar los nutrientes de manera eficiente. Sin embargo, incluso en verano, el exceso de agua sigue siendo un riesgo, especialmente si la planta no recibe suficiente luz o el drenaje es insuficiente.
Con la llegada del otoño y el invierno, la situación cambia. Los días se acortan, la intensidad de la luz disminuye y las temperaturas interiores pueden variar debido a la calefacción. Muchas plantas ralentizan su crecimiento o entran en un período de reposo. Sus necesidades de agua disminuyen drásticamente. Durante este período, es fundamental reducir la frecuencia de riego. Regar una planta en reposo con la misma frecuencia que en verano es una de las causas más comunes de pudrición de las raíces en invierno. El suelo tardará mucho más en secarse y la humedad persistente creará un entorno favorable para hongos y bacterias. Se recomienda dejar que el suelo se seque casi por completo entre un riego y otro y, para algunas plantas, como las suculentas, incluso se puede suspender el riego durante varias semanas.
Además de las estaciones, el microclima de nuestro hogar también influye en las necesidades de agua. Los espacios con aire acondicionado o calefacción muy activos tienden a tener una humedad relativa más baja, lo que puede aumentar la transpiración de las plantas y hacer que necesiten más agua. En estos casos, además del riego, puede ser útil aumentar la humedad ambiental con pulverizaciones, humidificadores o bandejas con arcilla expandida y agua. Por el contrario, en ambientes muy húmedos, el suelo tardará más en secarse. Nuestra guía para el cuidado de las plantas sugiere tener en cuenta la ubicación de la planta (cerca de ventanas, radiadores o corrientes de aire) y adaptar en consecuencia el régimen de riego. Esta flexibilidad y atención a los detalles son la clave para una jardinería exitosa en cualquier época del año.
Herramientas para un riego preciso
Las herramientas más útiles para un riego preciso son la regadera con boquilla larga y fina, el higrómetro para medir la humedad del suelo en varios puntos de la maceta, las bandejas de drenaje con rejilla, los sistemas de autorriego, como las bolas liberadoras de agua y las macetas con depósito integrado, y una botella pulverizadora para rociar las plantas a las que les gusta la humedad.
Para perfeccionar nuestra técnica de riego y garantizar un enfoque más científico y menos aproximado, existen varias herramientas que pueden resultar muy valiosas. Aunque la prueba del dedo sigue siendo un método insustituible por su inmediatez y la conexión que crea con la planta, incorporar algunos accesorios puede mejorar aún más la precisión y eficacia de nuestros cuidados. La regadera con boquilla larga y fina es una de las herramientas más básicas, pero fundamentales. Permite dirigir el flujo de agua directamente a la base de la planta, evitando mojar demasiado las hojas (lo que en algunas especies puede favorecer las enfermedades fúngicas) y compactar el suelo con un chorro demasiado fuerte. Su precisión resulta especialmente útil para macetas con plantas densas o para alcanzar puntos específicos del sustrato.
Para quienes desean una lectura más objetiva de la humedad del suelo, los higrómetros para plantas son excelentes herramientas. Existen varios tipos: los analógicos, con una sonda que se introduce en el suelo e indica un nivel de humedad en una escala (seco, húmedo, mojado), y los digitales, que proporcionan una lectura numérica más precisa. Algunos modelos más avanzados también miden el pH del suelo y la intensidad luminosa, ofreciendo una visión más completa de las condiciones ambientales. El uso de un higrómetro puede ser especialmente útil para principiantes o para quienes tienen dificultades para interpretar la sensación del suelo mediante la prueba del dedo. Sin embargo, es importante recordar que el higrómetro mide la humedad solo en el punto en el que está insertado, por lo que se recomienda hacer pruebas en varios puntos de la maceta para obtener una visión más precisa.
Otros instrumentos útiles incluyen las bandejas de drenaje con rejilla, que permiten que el exceso de agua salga completamente de la maceta sin que la planta permanezca sumergida. Para quienes tienen muchas plantas o se ausentan con frecuencia, los sistemas de autorriego, como las esferas de vidrio o cerámica que liberan agua lentamente, o las macetas con depósito de agua integrado, pueden ser una solución práctica. Incluso una simple botella pulverizadora para nebulizar es indispensable para las plantas amantes de la humedad. Nuestra guía de jardinería sugiere que invertir en estos instrumentos, aunque sean sencillos, puede marcar una gran diferencia en la salud de nuestras plantas de interior, transformando el acto de regar perfectamente en un proceso más controlado y gratificante. Con las herramientas adecuadas y los conocimientos necesarios, cualquier aficionado puede alcanzar un nivel envidiable de mano verde.
Preguntas frecuentes
¿Cómo puedo saber si he regado demasiado o muy poco?
El exceso de agua se manifiesta con hojas amarillentas y blandas, que pueden caerse, y un sustrato constantemente húmedo con posible olor a podredumbre. La falta de agua, en cambio, provoca hojas marchitas, secas, bordes marrones y un sustrato seco y compactado. La prueba del dedo es el método más eficaz para comprobar la humedad del sustrato.
¿Cuál es la mejor agua para las plantas de interior?
El agua de lluvia es ideal, ya que no contiene cloro ni sales. Como alternativa, el agua del grifo dejada reposar durante 24 horas (para que se evapore el cloro) o filtrada es una buena opción. Es fundamental que el agua esté a temperatura ambiente para evitar cambios bruscos de temperatura en las raíces.
¿Debo regar las plantas en invierno?
Sí, pero con menor frecuencia y cantidad. Durante el invierno, la mayoría de las plantas ralentiza su crecimiento y necesita menos agua. Es fundamental dejar que el sustrato se seque casi por completo entre un riego y otro para prevenir la pudrición de las raíces.
¿Es mejor regar desde arriba o desde abajo?
Ambas técnicas tienen sus ventajas. El riego desde arriba es más común y ayuda a eliminar las sales. El riego por inmersión (desde abajo) garantiza una hidratación uniforme y profunda, y es preferible para plantas sensibles a las hojas mojadas o con el sustrato muy compactado. Lo importante es garantizar un buen drenaje en ambos casos.
¿Cada cuánto tiempo debo regar mi Monstera?
La Monstera preferisce che el suelo se seque parcialmente entre un riego y otro. Por lo general, se riega cuando los primeros 3-5 cm de tierra están secos al tacto. La frecuencia exacta depende de factores como el tamaño de la maceta, la temperatura, la humedad y la luz, pero normalmente varía entre una vez a la semana y una vez cada dos semanas.